Manuel Rodríguez de Quiroga

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Patriota quiteño nacido -según declaración propia- en la ciudad de La Plata, es decir Chuquisaca, hoy Sucre, capital de Bolivia.

Muy niño vino a Quito con su padre, que era Fiscal de la Real Audiencia, y pariente y corresponsal de gente muy ilustre de España.

Desde su época de estudiante se granjeó la simpatía y el respeto de los ciudadanos, entre los que se destacó sobre todo por su acentuado patriotismo.

«Como no nació marqués ni conde, adoptó la profesión de abogado, única que daba nombradía entonces, fuera de la eclesiástica. Había escrito un libro, cuando todavía era joven, según lo refiere Fuertes Amar, obra que fue prohibida por la iglesia, circunstancia que da una idea de su mérito»

«Quiroga era de inquietas aspiraciones, audaz y ardiente en sus empeños, pero obstinado; incapaz de tolerar control de cualquier forma, pero abierto a la convicción cuando la persuasión era el medio. Tenía gran éxito como abogado en estrados, locuaz y elocuente, pero aun ahí su arrojado temperamento le puso dificultades; era frecuentemente reprendido en los tribunales y a la larga fue, no sólo multado, sino suspendido en el ejercicio de su profesión de abogado».

Esta situación despertó en él un gran resentimiento hacia las autoridades españolas, por lo que al poco tiempo empezó también a conspirar.

Asistió a la reunión del 25 de diciembre de 1808 en la casa del Marqués de Selva Alegre, don Juan Pío Montúfar, en Chillo, donde empezó a germinar la idea de un cambio de autoridades; pero por una indiscreción cometida por el Crnel. Juan Salinas los conspiradores fueron descubiertos, y el 9 de marzo de 1809 fue aprehendido y encerrado en el Convento de la Merced. Poco tiempo después fue puesto en libertad por falta de pruebas en contra de los complotados.

Convertido en uno de los pilares más importantes del movimiento revolucionario quiteño, asistió a todas las reuniones que se celebraron en casa de doña Manuela Cañizares -con quien estaba sentimentalmente relacionado-, y su participación fue muy importante para llevar a feliz término la Revolución del 10 de Agosto de 1809.

Al instaurarse la Junta Soberana de Gobierno fue nombrado Ministro de Gracia y Justicia, y como tal le correspondió dictar la proclama dirigida a todos los pueblos americanos pidiéndoles su solidaridad: “Pueblos de América: La sacrosanta ley de Jesucristo y el Imperio de Fernando VII perseguido y desterrado de la Península han sentado su augusta mansión en Quito... Pueblos del continente americano, favoreced nuestros santos designios, reunid vuestros esfuerzos al espíritu que nos inspira y nos inflama. Seamos unos, seamos felices y dichosos, y conspiremos unánimemente al individuo objeto de morir por Dios, por el Rey y por la Patria” (Son estos los ideales de quien busca la independencia?, definitivamente no).

Esta Junta de Gobierno tuvo muy corta duración, pues a los pocos meses y debido a conflictos internos y diferencias ideológicas, fue disuelta previo un acuerdo celebrado entre los conjurados y el Conde Ruiz de Castilla, quien el 4 de diciembre de ese mismo año y nuevamente como Presidente de la Real Audiencia de Quito, haciendo tabla rasa del compromiso de no perseguir a los patriotas, ordenó la captura de todos quienes habían participado en la asonada del 10 de agosto.

Al instaurarse el proceso en su contra, Quiroga declaró que “estuvo el 9 de agosto en casa de doña Manuela para conversar con don Ramón Egas, quien por motivos familiares visitaba esa casa... que desconocía quienes habían convocado a la gente allí reunida... y que había jurado vasallaje a Fernando VII y a su Real Familia...”

Estos argumentos no fueron del todo convincentes por lo que junto a los otros complotados fue encerrado en los calabozos del Cuartel Real de Lima.

Meses más tarde, el pueblo quiteño -que cada día sentía sobre sus cabezas la terrible amenaza de los ejércitos realistas- decidió, en un alarde de verdadero valor y coraje, asaltar el cuartel para liberar a los detenidos.

Ese oscuro 2 de agosto de 1810, sus pequeñas hijas fueron a visitarlo en la prisión justo en los momentos en que el pueblo iniciaba el ataque al cuartel. Al darse cuenta de lo que sucedía, las tropas realistas del Crnel. Manuel Arredondo y Mioño, bajo las órdenes del Crnel. Pedro Galup, entraron en los calabozos e iniciaron el Asesinato de los Patriotas Quiteños.

«Manuel Rodríguez de Quiroga, acariciaba a sus dos hijas que le visitaban, mientras una negra esclava, grávida de un hijo, le abrazaba las rodillas. Un oficial llamado Jaramillo le dice a Quiroga: -Grita Viva los Limeños! Y como el patriota sólo le mira a los ojos, Jaramillo, arrancando de sus brazos a las pequeñas, lo destroza con su espada. Las bayonetas de cuatro soldados terminaron la obra del jefecillo asesino; una de ellas quedó clavada en el vientre preñado de la negra».

La soldadesca del Batallón de Pardos de Lima apunta con sus rifles al pecho de Manuel Rodríguez de Quiroga y le intimida: “Grita ¡Viva Bonaparte!” El prócer responde: “¡Viva la Religión!” De inmediato lo matan a balazos delante de sus dos hijas, una de ellas quedará desquiciada para siempre.

Detrás de la masacre del 2 de Agosto de 1810 no se escondía tan solo la rivalidad entre criollos y chapetones o entre realistas y patriotas, sino también la defensa de dos visiones del mundo resumidas en los gritos de los pardos y del prócer.

FUENTE: http://www.facebook.com/pages/Manuel-Rodr%C3%ADguez-de-Quiroga/226867927330507?sk=info

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